Andrea Melo, latido de la Huasteca

*Con apenas 21 años y una jarana que compró en su infancia, preserva la herencia musical de su dinastía familiar; a través del son huasteco, la joven veracruzana transforma el escenario en un espacio de fiesta, orgullo y profunda raíz comunitaria

Édgar Ávila Pérez

Xalapa, Ver.- Su sonrisa jamás se apaga cuando sus manos tocan con delicadeza la jarana, y su voz suelta un falsete que estremece a cualquiera. En el escenario, el rostro de Andrea Melo sólo transmite una contagiosa felicidad.

Usa el quechquémitl —ese poncho corto con bordados geométricos, florales, vegetales y simbólicos de las Huastecas— no sólo como imagen decorativa, sino como parte de su herencia cultural y, sobre todo, musical.

“Mis raíces son de Chicontepec, mi corazón es de Chicontepec”, suelta, sin pensarlo un solo segundo.

Sus memorias infantiles ven a su abuelo, Don Goyo Melo “El Huracán del Huapango”, en la plaza pública de Amatlán Naranjos, en medio de la tarima e hincado, zapateando y cantando El Caimán, una de las piezas más famosas del son huasteco.

Las imágenes de su corta vida, 21 para ser exactos, evocan a su padre Enrique Melo ensayando los huapangos, una y otra vez, con el arpa o la armónica, buscando siempre la perfección; y a su mamá, Martha Patricia Vera, cantando, incluso a Jenni Rivera.

“Se sentía bonito porque gracias a la música conocimos lugares. Y el saber que es con tu familia es más bonito porque es como tu sangre, tu cultura, es tu familia y es tu raíz. Un orgullo saber que estás con tu familia tocando y verlos tocar”, describe la joven que toca con pasión la música de sus ancestros.

El huapango lo lleva, literal, en la sangre. Y por eso cuando rasguea su jarana, esa que compró en Papantla hace diez años con sus primeros pesos ganados con la cantada, la invade la felicidad, el orgullo, la herencia, la cultura y el amor.

Forjada en el lenguaje de la intuición musical, inició en el grupo familiar Son Melo, donde cantaba los agudos del falsete del huapango y hacía —y hace— honor a la poesía que vuela libre mediante la improvisación aprendida en la Huasteca veracruzana.

Hoy en día, como parte de Neloa —un conjunto de cinco jóvenes que fusiona la riqueza del son jarocho y el son huasteco—, lleva esa herencia a los escenarios y, en cada presentación, confiesa que su mayor motor es la alegría, buscando siempre transmitir esa chispa de felicidad al público.

“Al estar en el escenario me gusta pensar que transmito felicidad”, dice mientras dibuja una sonrisa franca y abierta, como las mazorcas de maíz nativo de la Huasteca; esas que las comunidades teenek y nahuas resguardan y veneran como su propia vida.

Esa sonrisa la acompaña siempre, ya sea en las redes sociales donde muestra su esencia y su poderoso falsete, o sobre los escenarios, donde Andrea se convierte en la estampa típica de la mujer huasteca.

 

Compartir: